Así los primeros Capuchinos aceptaron rigurosamente la actitud de Francisco,
que escribió a Antonio: "Al hermano Antonio, mi obispo, el hermano Francisco: Me
agrada que enseñes la sagrada teología a los hermanos, a condición de que por el
estudio no apagues el espíritu de oración, como se expresa en la Regla”. En
efecto la Regla reza: "Los hermanos a quienes el Señor dio la gracia de
trabajar, trabajen fiel y devotamente de tal forma que, echada fuera la
ociosidad... no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al cual
espíritu todas las otras cosas deben servir”. Esto significa que la vida de los
frailes menores lleva como característica el espíritu de oración y devoción.
Pero, Francisco advierte también un peligro que corremos. Podemos vivir,
estudiar, trabajar y ejercer el apostolado en forma que estemos apagando el
Espíritu. En los textos de san Francisco arriba citados alude a Tes 5, 19 que
dice: "No apaguen el Espíritu”. Seguidores de nuestro Padre seráfico debemos
vivir impulsados por el Espíritu santo.
También el concepto "devoción” que Francisco usa, significa una entrega
reverente a la causa de Dios, e.d., una consagración de nuestra vida a su
causa.
Por eso, la oración y la contemplación ocuparon un lugar privilegiado en la
vida de Francisco y de los primeros Capuchinos. Así lo expresó Optato van
Asseldonk ya en 1948.
La magistral declaración de principios de la reforma capuchina que se
encuentra al principio de las Constituciones, revela la motivación central de la
lectura espiritual y de la oración de los primeros hermanos. Citamos:
"Primeramente declaramos que el Evangelio nos ha llegado desde el cielo a través
del amorosísimo Hijo de Dios. Este Evangelio, totalmente puro, sobrenatural,
perfecto y divino, él mismo lo anunció y predicó mediante sus palabras y
ejemplo. Fue confirmado como auténtico y verdadero por Dios, su Padre, en el río
Jordán y en el monte Tabor cuando dijo: "Este es mi Hijo amado en quien tengo
mis complacencias, escúchenlo”. Sólo esta doctrina evangélica nos encamina
directamente a Dios. Si todos los hombres deben pasar por este camino, con mucha
más razón nosotros, hermanos. Pues san Francisco enfatiza al principio y al
final de su Regla que debemos observar el santo Evangelio. Además, la Regla es
la médula del Evangelio; es como un espejo pequeño que refleja la perfección
evangélica. También Francisco insiste en su Testamento que se le reveló que
debía conducir su vida de acuerdo con el Evangelio. Por eso los hermanos siempre
tendrán presente ante los ojos de su espíritu la doctrina y la vida de nuestro
Salvador Jesucristo, y para que lleven en su corazón el santo Evangelio,
determinamos, por respeto a la Santísima Trinidad, que en cada casa se lean tres
veces al año los cuatro evangelios, e.d., cada mes un evangelio” (n.1)
.
Fuera de la lectura diaria del evangelio y la semanal de la Regla, léase en
el refectorio ante los hermanos un texto que les estimule a seguir a Cristo
crucificado (n.2). "Además los hermanos deben esforzarse en conversar siempre
sobre Dios. Esto les ayuda sumamente a inflamar sus corazones en amor a Él
(n.3). Además se determina que los hermanos, también personalmente, lean las
sagradas Escrituras con comentarios de maestros devotos a fin de que "la llama
del amor a Dios se encienda en ellos por la luz que emana de lo divino” (n.4).
Este fuego y esta luz están también al alcance de hermanos sencillos e
iletrados, pues la sabiduría divina se hizo hombre en Cristo. La cual no es
únicamente para hermanos con estudios. Los muchos hermanos legos canonizados lo
demuestran con toda claridad. Así expresan también las Constituciones: "Aunque
la infinita y divina sabiduría es muy alta y misteriosa, ella descendió en
Cristo nuestro Salvador, de tal manera que humildes e iletrados la puedan
entender solo con el puro, sencillo, inocente y limpio ojo de la fe” (n.4).
Los predicadores han de alimentar y animar sus sermones por su encuentro con
el Señor en su vida de oración. Así leemos: "Y cuando sientan por el frecuente
contacto con la gente, que el espíritu empieza a atenuarse en ellos, retornen a
la soledad y quédense allí hasta que llenos de Dios, se sientan de nuevo
impulsados por el Espíritu Santo a difundir la gracia divina sobre el mundo. De
esta manera, llevando un tiempo la vida de María y otro la de Marta,
experimentan la vida mixta de Cristo, que después de su oración en la montaña
descendió al templo a predicar. Si, bajó directamente del cielo a la tierra para
salvar a los hombres” (n. 114). Luego continúan las Constituciones: "Quien no
lee a Cristo, el libro de la vida, le falta la doctrina que debería enseñar. Por
eso, los predicadores no deben acarrear muchos libros, pues todo lo pueden
encontrar en Cristo” (n. 116).
Donde las Constituciones tratan de la predicación de los hermanos, insisten
siempre en la necesidad que sus pláticas sean producto y fruto de su oración y
contacto con Dios. Esto encontramos en el n, 120: "Para que los hermanos al
predicar a otros no se condenen ellos mismos, de vez en cuando abandonen el
bullicio de la gente y suban con su predilecto Salvador a la montaña de la
oración y contemplación y traten de llenarse del amor divino como serafines. Así
inflamados pueden inflamar a otros”.
Octaviano Schmucki, capuchino suizo y experto en la espiritualidad capuchina,
califica esta descripción simple y al mismo tiempo desconcertante como una joya
de la literatura espiritual.
Hacer hablar el corazón con Dios, esta es la oración interior. Si las
Constituciones en otros lugares dicen de paso que un auténtico hermano "siempre
ora” (n.41), se abre para nosotros un horizonte, e.d., la impresionante
profundidad de la vida espiritual de los primeros hermanos. Sabemos que ellos
tenían una alta estima por el silencio (n.44-45), por la soledad (n.77), por el
no tener nada, por la generosidad y solidaridad con los pobres (n.67,69-76,
80-87, 144, 57-62), por la abstinencia y sobriedad en las comidas y en el
vestido. Y por otro lado, un fino cuidado para el hermano enfermo y para las
víctimas de las epidemias, asimismo que por dar hospitalidad a extranjeros y
vagabundos (n. 50-55, 21-28, 88-89).
Esta observación tan estricta del Evangelio indudablemente se enraizó en una
vida de oración auténtica y bien desarrollada, que se alimentó de un sincero
contacto con Dios. Esto leemos en las Constituciones donde dicen: "...exhortamos
a todos nuestros hermanos, por amor de Cristo, que en todo lo que hacen, tengan
presente el santo Evangelio, la Regla prometida, las santas y laudables
costumbres y los ejemplos de los Santos. Y dirijan todos sus pensamientos,
palabras y obras al honor y gloria de Dios y la salvación del prójimo, así el
santo Espíritu les enseñará en todo” (n.141). Esta sólida espiritualidad,
centrada en Dios es el trasfondo de todas las Constituciones. Por ejemplo:
"Conscientes que Dios es nuestro último fin al que todos deben aspirar y desear
y en quien todos deben tratar de transformarse, amonestamos con amorosa
insistencia a todos nuestros hermanos que orienten todos sus pensamientos a este
fin. Y dirijamos todas nuestras intenciones y aspiraciones a objeto de unirnos
en un eficiente, permanente, íntimo y puro amor, a nuestro amoroso Padre, con
todo nuestro corazón, mente y alma, con todas nuestras fuerzas y virtudes”
(n.13).
Esa primera generación capuchina era una clase de hombres de oración. La cual
dio a su vida calor y cálida intimidad con Dios y con sus cohermanos. Además de
fuerza y valentía. Construyeron en las cercanías de sus conventos una o dos
ermitas, dónde los hermanos a quienes los superiores estimaban idóneos, podían
retirarse para estar solos con Dios (n.79).
Sabemos que ellos repetían varias veces al día breves jaculatorias durante su
trabajo tanto manual como mental. De esta manera mantenían consciente en si el
contacto con Dios. Se habla de una relación íntima y afectiva con Jesús, con
Dios y con los hombres; en la misma línea comprendemos también su devoción por
la pasión y la muerte de Jesús y por su cruz. Esta era manifestación de la
ilimitada bondad y amor de Dios para con ellos y para con todos los hombres.
El método de la oración afectiva y de las jaculatorias durante el día lo
encontramos también en los Capuchinos de los Paisajes Bajos en el librito varias
veces impreso: "Ejercicios espirituales para Novicios”. Considerando el
trasfondo espiritual anteriormente descrito, nos damos cuenta que en éste se
transluce una vida espiritual más rica y amorosa, que lo que las puras
jaculatorias harían suponer.
Este método y la práctica de orar siempre, que según las Constituciones debe
ser propia del verdadero hermano menor (n.41), tiene profundas raíces
cristianas. Los Padres del desierto ya lo practicaron en la Jesús-oración, cuya
intención era poner en práctica la palabra de Jesús que enseñaba la necesidad de
orar siempre (Lc 18,1). Ellos repetían oral o mentalmente, con el corazón y sin
cesar: "Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”. Así alimentaban su unión
ininterrumpida con Dios.
Con lo arriba expuesto establecimos la fuente de dónde extrajeron los
primeros Capuchinos su fuerza vital. Ellos hicieron todo lo posible por crear un
estilo y clima de vida; por cultivar y hacer fructífera su relación íntima y
cariñosa con Dios, con Jesucristo y con sus semejantes.
Orar era para ellos hallarse en la presencia de Dios, de Jesucristo, y
también en la proximidad con los hombres. Conversar con Dios y escucharlo era
también la base de su predicación y de su cercanía al pueblo. Su relación
amorosa para con Dios era su secreto vital; el manantial de su vitalidad
apostólica. Así se comprende cómo la vida capuchina llegó a florecer vigorosa en
el siglo diecisiete, con originales y famosos predicadores y directores
espirituales. Los especialistas incluso se atreven a decir que en aquel tiempo
existió una escuela de espiritualidad capuchina.
Como el título del libro ya indica, Juan Evangelista considera el estar unido
con Dios como el fin y apogeo de nuestra existencia humana. Clara y
sistemáticamente expone y explica las condiciones que el investigador de lo
divino debe cumplir para alcanzar este fin. Es el caminar radicalmente hacia la
muerte espiritual, hacia la exanición y aniquilación de todo lo que no es Dios.
Lo cual tiene distintas etapas: la renuncia radical a todo lo creado y la
entrega a Dios en amor puro y en fe desnuda. El autor acompaña al hombre piadoso
sistemáticamente y paso a paso a la unión directa con Dios mismo. Después de un
proceso extenso de purificación e iluminación se alcanza la contemplación
directa y la fruición de la presencia divina.
En seguida expone minuciosamente, en seis capítulos, cómo el hombre que busca
a Dios, durante el día, en trabajos sencillos e intensivos, puede mantener este
continuo contacto con Dios en puro amor y en fe desnuda. Falta tiempo y espacio
para exponer aquí las ideas del autor. Sin embargo, trato de resumir lo que Juan
Evangelista explica sobre la contemplación.
Además, el alma experimenta que todas las oraciones y alabanzas de la santa
Iglesia llegan precisamente a este Ser escondido que ella siente presente.
También siente una reverencia tan profunda frente a este Ser secreto, como si se
encontrase ante el trono de Dios. No le está permitido hacer algo que no
agradase a este Ser misterioso. Estos sentimientos de profundo respeto no son
resultado de esfuerzos humanos, sino provienen espontáneamente de la presencia
mística de aquel. El alma sumergida en lo divino se siente totalmente saciada y
completamente satisfecha. No le importa nada más, sino: ¡qué hacer para agradar
a Dios! Pues percibe que de su parte ya ha hecho todo lo posible y que Dios no
le exige otra cosa. Porque le ofreció a Él todo lo que poseía y cuanto puede
hacer. Su único fundamente es, su propia Nada. Mientras permanece consciente de
esta Nada, Dios sigue complaciéndose en ella.
Por eso, su única preocupación y ejercicio consiste en guardar la conciencia
de no ser NADA ante Dios. No puede pedirle ni desear nada, que mire a su propio
provecho. Sólo puede suplicarle que le permita permanecer en su NADA. Ora para
que esta conciencia se profundice y se establezca en ella, y para que su divina
voluntad se realice en ella y en todos los hombres, ahora y siempre. Orar de
otra manera produciría en ella imágenes y perdería la conciencia de ser
nada.
Esta oración mística produce en el alma una tranquilidad inconcebible y una
profundísima paz.
Llama poderosamente la atención que Juan Evangelista opine
que esta mística unión con Dios es el estado propio y original del ser humano.
Este tiene una inclinación innata hacia Dios, un impulso natural, un ansia
irresistible, cual la brújula se inclina hacia el Norte. La tarea del ser humano
es abandonar todo lo que obstaculiza la entrega a Aquel. Es un proceso radical
de auto purificación para alcanzar la justificación original a la que Dios llamó
al hombre. Solamente por purísimo amor y gracias a una fe desmantelada se
alcanza este fin, y se abre un nuevo horizonte y un mundo nuevo para el hombre.
Juan Evangelista describe con maestría este cambio interior, esta conversión
interna y esta maravillosa apertura hacia lo divino. Es como el maestro que
enseña lo que él mismo experimenta. Muestra su talento didáctico con ejemplos y
comparaciones. Su exposición práctica y pedagógica hace pensar en el método de
la Devoción Moderna. El, también lleva a sus alumnos por una didáctica sencilla
y equilibrada a través de un crecimiento gradual, a la fase mística de la
contemplación infusa. Con valentía y rigor entrega a sus hermanos jóvenes y a
laicos adultos que se acercaron a él, el secreto de su propia vida, e.d., el
método por el cual un hombre en oración o en medio de sus labores, en cualquier
tiempo y lugar puede permanecer en amorosa unión con Dios. El, nos hace saber
cómo podemos divinizar todos los ámbitos y facetas de la vida humana, de modo
que sea un preludio inmediato de la vida eterna.
Notas: